Mis mejores Navidades: las de la infancia. Aquéllas en las que mi padre nos explicaba lo que había sucedido hacía muchísimos años en Belén, y mis hermanos y yo rebosábamos de inocencia e ilusión. Aquellas Navidades sabían a belenes y villancicos; a zambombas y aguinaldos; a misa del gallo y hoguera de los quintos; al gran Raphael cantando "El pequeño tamborilero"; a gente arrecida; a entrañamiento y espíritu...
Ahora la Navidad me sugiere tiendas de informática llenas hasta los topes; compras y más compras; ciudades engalanadas a semejanza de la ciudad de Las Vegas; luces y villancicos machacones que incitan a consumir; playas abarrotadas; materia y embrutecimiento...
Pero pienso que el sistema económico es el que es; y si este espectáculo carente de espiritualidad sirve para que muchas personas encuentren trabajo, pues bienvenida sea la Navidad.

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