Cesarina no prueba el alcohol
porque le gusta demasiado. De joven, en las fiestas, se tomaba algún que otro
lingotazo para desinhibirse; y en su casa, los domingos y las fiestas de
guardar acompañaba la comida con champán. De recién casada hizo un periplo por
Andalucía. Disfrutó del gazpacho y la sangría; y en algún lugar, le supo tan a
gloria la libación que pidió la receta al camarero. Cuando estuvo en París, se
hartó de cerveza; y en Begur, pasó atardeceres de completo bienestar tomándose
un pastel de chocolate y un combinado.
Lo que previno a Cesarina sobre
los peligros del alcohol y la tuvo unos años sin beber fue la sensación que
experimentó un día de verano en Cádiz al tomarse una cerveza helada estando
muerta de sed. La sensación fue alucinante y la dejó en estado psicodélico (su
recuerdo aún perdura en la mente de Cesarina).
Hace un tiempo, cuando empezaron
a menudear sus visitas al pueblo, Cesarina retomó su afición a la bebida. Un
chupito de vino dulce era el complemento perfecto cuando se sentaba con su
marido a la vera de la lumbre. Pero otra vez, la excelsa euforia que le
provocaba el alcohol unida a la facilidad con que luego se dormía y a que cada
día le apetecía una dosis mayor, la llevaron al convencimiento de que era mejor
dejarlo para siempre… O al menos de momento.

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