miércoles, 22 de octubre de 2014

Cesarina y el alcohol


Cesarina no prueba el alcohol porque le gusta demasiado. De joven, en las fiestas, se tomaba algún que otro lingotazo para desinhibirse; y en su casa, los domingos y las fiestas de guardar acompañaba la comida con champán. De recién casada hizo un periplo por Andalucía. Disfrutó del gazpacho y la sangría; y en algún lugar, le supo tan a gloria la libación que pidió la receta al camarero. Cuando estuvo en París, se hartó de cerveza; y en Begur, pasó atardeceres de completo bienestar tomándose un pastel de chocolate y un combinado.
Lo que previno a Cesarina sobre los peligros del alcohol y la tuvo unos años sin beber fue la sensación que experimentó un día de verano en Cádiz al tomarse una cerveza helada estando muerta de sed. La sensación fue alucinante y la dejó en estado psicodélico (su recuerdo aún perdura en la mente de Cesarina).

Hace un tiempo, cuando empezaron a menudear sus visitas al pueblo, Cesarina retomó su afición a la bebida. Un chupito de vino dulce era el complemento perfecto cuando se sentaba con su marido a la vera de la lumbre. Pero otra vez, la excelsa euforia que le provocaba el alcohol unida a la facilidad con que luego se dormía y a que cada día le apetecía una dosis mayor, la llevaron al convencimiento de que era mejor dejarlo para siempre… O al menos de momento.

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