¡Hola a todos!
Estoy en mi pueblo; de
vacaciones. El lugar no es nada del otro mundo, pero es donde está mi memoria.
En los contornos abundan las viñas y los trigales, y como estamos a gran
altura, el sol no se puede aguantar. Durante el día andamos pegados a las
paredes de las casas buscando la sombra, y por la noche refresca tanto que
necesitamos una manta para dormir. Los días transcurren más o menos igual, pero
yo no me aburro nunca. Me encanta madrugar y salir al patio a contemplar las
estrellas; recibir a vecinos más provectos que yo que me hablan de mis padres y
de mi niñez; e ir al campo y ver lo esplendorosa que está la uva. Amigas que
tienen huerto y gallinas me traen hortalizas y huevos cuando vienen a
visitarme; y yo con ellos hago tortillas y ensaladas que suelo acompañar con
cuerva y buenos boleros.
El trato con la gente es fácil y
sencillo, y aunque la veo tres o cuatro veces al día, no llegaré a cansarme de
su presencia porque mi estancia en el pueblo se acabará antes.
Leo mucho y también escribo; y
cuando necesito pisar asfalto o meterme un chute de aire contaminado, me voy a
la ciudad a pasar la tarde.

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