sábado, 17 de octubre de 2015

“Martín en plena sesión de autobombo”, “El delirio de Martín” o “El rey del microrrelato”


Martín, un otoñal de muy buen ver y un poquito vanidoso, está convencido de que, de habérselo propuesto, hubiera llegado a ser un gran escritor.

Cuando el numen viene a él, no le es difícil encontrar las palabras precisas para expresar sus ideas; y en estos menesteres, siempre se ha sentido tocado por la mano de Dios.

Cuando acaba un escrito, a veces queda tan complacido con el resultado y tan asombrado de su don, que entra en éxtasis y exclama: “¡Joder, qué bien escribo!”. Ni que decir tiene que a Martín, lo que más le gusta leer son sus relatos.

El susodicho, que no es tonto, es conocedor de sus limitaciones. Sabe, por ejemplo, que nunca podrá pergeñar una novela por su incapacidad para escribir más de unas cuantas líneas sobre el mismo tema (es el resultado de su gusto por el compendio). También conoce su ineptitud para la lírica y la poética; y sabe que es un zote para rimar. Por todo ello, Martín admira a los compañeros que son capaces de escribir mucho sin ser reiterativos; a los que hacen relatos poéticos sin resultar cursis; y a los que expresan sus sentimientos guardando la métrica y la cadencia sin resultar artificiales.


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