Martín,
un otoñal de muy buen ver y un poquito vanidoso, está convencido de
que, de habérselo propuesto, hubiera llegado a ser un gran escritor.
Cuando
el numen viene a él, no le es difícil encontrar las palabras
precisas para expresar sus ideas; y en estos menesteres, siempre se
ha sentido tocado por la mano de Dios.
Cuando
acaba un escrito, a veces queda tan complacido con el resultado y tan
asombrado de su don, que entra en éxtasis y exclama: “¡Joder, qué
bien escribo!”. Ni que decir tiene que a Martín, lo que más le
gusta leer son sus relatos.
El
susodicho, que no es tonto, es conocedor de sus limitaciones. Sabe,
por ejemplo, que nunca podrá pergeñar una novela por su incapacidad
para escribir más de unas cuantas líneas sobre el mismo tema (es el
resultado de su gusto por el compendio). También conoce su ineptitud
para la lírica y la poética; y sabe que es un zote para rimar. Por
todo ello, Martín admira a los compañeros que son capaces de
escribir mucho sin ser reiterativos; a los que hacen relatos poéticos
sin resultar cursis; y a los que expresan sus sentimientos guardando
la métrica y la cadencia sin resultar artificiales.

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