En nuestra juventud, el honor de
las familias parecía residir en la entrepierna de la mujer. No éramos dueñas de
nuestro propio cuerpo, y se nos sometía a una presión insoportable a fin de que
mantuviéramos la virginidad. A la que había tenido novio se la consideraba “material
de segunda”, y a la madre soltera se la proscribía.
En este contexto, Ana, pudorosa e
intelectualmente progresista, tuvo unos escarceos eróticos con su profesor de
autoescuela. Ana tenía dieciocho años y estaba en la Universidad; y el profesor
treinta y cuatro y estaba casado. Haber, haber, hubo poco: la cosa no pasó de
un simple tonteo. Pero el tótum revolútum que formaban el ser primeriza, las
hormonas en erupción, el estar contraviniendo las normas de una sociedad que la
oprimía, y la sensación de peligro le hicieron experimentar a nuestra amiga
impresiones sin par.

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