Aunque mi vida ha transcurrido en
Barcelona, yo nací y me crié en un pueblo de La Mancha. Cuando me vine para
acá, me traje grabados en la cabeza y en el corazón mi niñez y mi pueblo; y
como la adaptación fue dura, esos recuerdos los sublimé.
Por diversos motivos, no pude
volver hasta la madurez; y para entonces, el pueblo y la niñez habían desaparecido.
Cuando llegué, todo me fue ajeno. Las casas, antaño sencillas y enjalbegadas,
ahora eran suntuosas y con arabescos; y el hijo del carpintero, que vestía
pantalón corto e iba a las escuela cuando yo vivía allí, se había transformado
en un provecto señor que regentaba una tienda y que lucía americanas de pata de
gallo en las procesiones.
Donde sí vi caras conocidas fue
en el cementerio. Allí, desde sus fotografías en las lápidas, fulano, mengano,
zutano y perengano parecían mirarme igualicos que cuando los dejé.
Este escrito está dedicado a la
gente de mi pueblo, gente maravillosa que me trata muy bien.

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