jueves, 1 de mayo de 2014

Una invasión en toda regla


¡Pobre Elo! ¡Menuda putada le hicimos presentándonos en su casa sin avisar! La cogimos sola, desastrada y sin la dentadura postiza. Nosotros éramos catorce, e íbamos sumamente atildados porque volvíamos de una procesión.
Cuando salió a recibirnos, aunque se mostró simpática y nos ofreció té, yo leí en sus ojos lo humillada y confusa que se sentía. Vestía con sayo, y como llevaba sandalias, sus dedos deformes y montados unos sobre otros estaban sin cubrir.
Entramos en la casa, y, como es obligado en el pueblo, nos la tuvo que enseñar. La recorrimos entera, y desde el poderío que nos daba el ir en comandita y calzados con zapatos de tafilete, los catorce cretinos visitantes la juzgamos así así. Nos llamó la atención una habitación interior con un jergón en el suelo que Elo utiliza como habitación anti-estrés.
A pesar de que invadimos su intimidad y la vimos desnuda, durante toda la visita Elo se comportó con una gran dignidad. Desde aquí le pido perdón, y le quiero decir que los catorce que la visitamos de improviso, no es que seamos malos: es que somos idiotas, que es peor.

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