¡Pobre Elo! ¡Menuda putada le
hicimos presentándonos en su casa sin avisar! La cogimos sola, desastrada y sin
la dentadura postiza. Nosotros éramos catorce, e íbamos sumamente atildados
porque volvíamos de una procesión.
Cuando salió a recibirnos, aunque
se mostró simpática y nos ofreció té, yo leí en sus ojos lo humillada y confusa
que se sentía. Vestía con sayo, y como llevaba sandalias, sus dedos deformes y
montados unos sobre otros estaban sin cubrir.
Entramos en la casa, y, como es
obligado en el pueblo, nos la tuvo que enseñar. La recorrimos entera, y desde
el poderío que nos daba el ir en comandita y calzados con zapatos de tafilete,
los catorce cretinos visitantes la juzgamos así así. Nos llamó la atención una
habitación interior con un jergón en el suelo que Elo utiliza como habitación
anti-estrés.
A pesar de que invadimos su
intimidad y la vimos desnuda, durante toda la visita Elo se comportó con una
gran dignidad. Desde aquí le pido perdón, y le quiero decir que los catorce que
la visitamos de improviso, no es que seamos malos: es que somos idiotas, que es
peor.

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