viernes, 13 de septiembre de 2013

¡Vaya casa!


La casa, excepto las dependencias donde Paquita y su familia hacían vida (una cocina y un cuarto de estar contiguos a la cochera) era espectacular, desmedida… Tenía tres plantas, y las piezas eran tan grandes que en el salón, por ejemplo, hubieran cabido dos o tres pisos de tamaño estándar. Las paredes estaban llenas de vitrales y de retratos de antepasados nobles del marido de Paquita (eso al menos es lo que ella dijo), y de los techos colgaban impresionantes arañas de cristal. Los libros que había en las estanterías, con cubiertas de piel y letras doradas en los lomos, no parecían haberse abierto jamás; y tampoco el piano de cola. Sin estar abarrotada, la casa tenía muebles a tutiplén. El que más le gustó a Isabel fue un antiquísimo tarimón colocado en el vestíbulo. Los cortinones de damasco que colgaban en las ventanas eran el súmmum de la elegancia, y un leopardo de china que había entre dos tresillos también quedaba muy aparente. La casa tenía jardín y piscina, y el camino que llevaba a ésta hacía muchos meandros para que en él cupieran bancos de hierro forjado.

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