De joven, aunque los colores que
más me favorecían eran el negro y el blanco, casi todo lo que me ponía me
sentaba bien. Sin ser un monumento, con mi cuerpo firme y mi piel lustrosa no
necesitaba acicalarme mucho para aparecer hermosa. En cuanto a mi carácter, yo era
vital, generosa, osada y original. Sentía inquietud y curiosidad por todo, y,
como siempre me pregunté de dónde veníamos y adónde íbamos, me aficioné a los
libros de filosofía y teología. Me gustaba el baile agarrado y era una fan de
la Nova Cançó. Mi indumentaria
favorita era una túnica negra llena de lentejuelas y un turbante a juego que me
había traído un familiar de un país exótico, y de vez en cuando llevaba peinado
afro o jipi. Andaba mucho para gastar energía, y por lo que respecta a mi
osadía, ésta llegó al límite el día que corregí a un cura en pleno sermón.
Ahora, a unos cuantos meses de
cumplir sesenta años, estoy aterrorizada. Mis músculos están flácidos y mi piel
arrugada. Tengo el pelo cano, me clarea por la coronilla, y cuando hace frío me
duelen todos los huesos. Encontrar ropa que me siente bien es un milagro, y el
color negro ya no me va, sino que me envejece. Mi estado de ánimo puede pasar
de la alegría al abatimiento en un santiamén; es lo que me ha sucedido esta
mañana cuando iba toda contenta porque me había visto guapa en el espejo, y al
llegar al metro, un viajero me ha cedido su asiento. Evito quedarme sola porque
dos o tres veces, estando en esta situación, me ha dado una cosa muy rara que
no sé si es una simple desazón o el comienzo de un ataque de pánico. A lo largo
de mi vida, he ido adquiriendo sabiduría y sentido común, y he perdido vigor,
brillantez y frescura. De aquellos tiempos aún conservo la curiosidad, el gusto
por la música y la lectura y la costumbre de andar. Soy consciente de que el
tiempo que me queda por vivir es limitado, y creo que la imagen que mejor puede
representar esta idea es la de la habitación vacía cuyas paredes se van acercando
conforme pasan los días.

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